A finales del siglo XIX, en el “género
chico” fue muy del gusto del público las obras teatrales con temas taurinos, y José
Jackson Veyán que conocía muy bien
aquellos temas que podían arrancar aplausos escribió varias sobre esa temática:
Los Matadores, en 1884 en colaboración
con Eloy Perillán y Buxó, con música de maestro Rubio; tres en colaboración con
su padre Eduardo Jackson Cortes: Toros de
Puntas de 1885, música de Isidoro
Hernández, Toros embolados en 1886 y Un torero de gracia, de 1887 música de Ángel
Rubio y Casimiro Espino Teisler; La tienta
en 1896; y en colaboración con López Silva y música de Federico Chueca, Los arrastrados de 1899 y su “refundición
“ El capote de paseo de 1901.
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En esta ocasión sin embargo no voy hablar de una obra de temática taurina de José
Jackson Veyán sino de su padre Eduardo Jackson Cortés, Fiesta
Torera, juerga cómico-lírica en un acto y en verso, música del maestro
Rubio estrenada en el Teatro Martín en octubre de 1884, y más concretamente de la anécdota
producida el día del estreno, cuando la empresa teatral para dar mayor realismo
decidió sacar un becerro a las tablas. Pero dejemos que nos lo cuenten los diarios de la época.
El Globo 24/10/1884
“Cuando los aficionados a toros que
anoche no asistieron al estreno de la juerga cómico-lírica, titulada Fiesta torera, sepan hoy lo que al final
de la representación ocurrió en el teatro de la calle Santa Brígida,
envidiarán al publico que llenaba todas
las localidades, y que presenció un espectáculo respecto del cual, por estar
seguros de que no se repetirá, omitimos las duras, pero justificadas
frases con que estábamos dispuestos a censurarlo.
La
obrita había llegado casi a su termino entre la complacencia del publico. Las
variadas escenas de que se compone, había resultado animadas y divertidas. Era
tal el juguete un cuadro de fiesta popular en que se celebraba una ridícula
boda de gente macarena, y en el cual mostrábase gracejo, donaire, y la alegría
propia del caso.
La
señora García, con la sal que todos le reconocemos, había cantado, en compañía
del señor Sánchez, un precioso dúo, que el público celebró, pidiendo que se
repitiera, y en le cual no intervino la autoridad, no obstante ser un dúo marcadamente
republicano federal por las infinitas veces que el hombre de pi…pi…pí…surgía
tierno y meloso de los labios de los cantantes )[Se refiere el periodista a la
posible alusión a D.Francisco Pi y Margall]; habían salido a relucir varias
veces las navajas de los circunstantes( lo que es de muy mal efecto); se había
entonado un lindísimo tango, bailándole con su gracia de costumbre la señorita Yébenes; se habían pronunciado
discursos amenos y chistosos; el señor Valdegain había interpretado con mucha
verdad el carácter de gitano especulador y fullero, y todos los demás artistas habían cumplido como
buenos, cuando llegó el momento fatal de que el hijo de la recién casada para
vengarse del que ha pasado a ser su padrastro, soltase a un toro a los
concurrentes a la fiesta
No
era un toro en toda la ejecución de la palabra; pero era un aspirante de veras,
un becerrillo del cual sin duda esperaban los autores la obtención del aplauso
más nutrido de la obra.
Pero
a ese personaje de última hora se le
antojo que estaría mejor en las butacas que en las tablas, y tirando de la
cuerda que lo sujetaba, salto al lugar de la orquesta, ocasionando con este
motivo gran movimiento y ruidosa alarma entre los espectadores.
Duró
la confusión algunos instantes; y entre las protestas de unos y las
características voces de ¡otro toro!,
¡otro toro! Dadas por el numeroso público de las galerías, la pobre res fue
sacada de aquel sitio por la puertecilla del foso.
La
dureza con que pensábamos tratar a la empresa del teatro Martín que tales
espectáculos ocasiona, ha tomado cierto carácter de blandura desde el momento
en que hemos recibido un volante de la persona que la representa asegurándonos
que no se repetirán semejantes escenas.
El
becerro será despedido de la compañía, y los apreciables artistas que la
componen no alternarán más con un compañero que extralimita su papel de
semejante modo.
¡Enhorabuena!
Pase los de anoche como escarmiento, y aprendan los demás teatros de Madrid en
cabeza de res ajena.
Por
lo demás, la juerga estrenada anoche en Martín, bajo el titulo de Fiesta torera, y de la cual son autores,
de la letra el Sr Jackson y de la música el señor Rubio, no necesita de
becerros legítimos para ser celebrada
y aplaudida”.
La Iberia 29/10/1884
“UNA FIESTA TORERA”
“Si el Sr. Méndez de la Vega no
quiere que el público lo abandone por completo, es preciso que pase de las
novilladas a las corridas formales.
Y
se lo decimos porque ha salido quien le haga la competencia.
Dígalo
sino el espectáculo dado anoche en el teatro Martín.
Sin
que la primera autoridad de la provincia hubiere autorizado el cartel, el
escenario del coliseo de la calle Santa Brígida se convirtió en circo taurino,
lidiándose un novillo, que saltó a la orquesta y primeras filas de butacas,
proporcionando grandes sustos y el escándalo consiguiente, que duro más de un
cuarto de hora.
Varias
señoras se desmayaron.
Se verificaba el estreno de Una fiesta torera, y al final de la
representación ocurrió lo que dejamos dicho.
Para
que cada cual quede en el lugar que le corresponde, y no se confunda los
autores de la nueva obra con la dirección del teatro, debemos decir que el
libro de Una fiesta torera está bien
hecho, que la música es alegre y de buen efecto, y que el público había
aplaudido a los autores señores Jackson y Rubio.
Al
terminar la becerrada oímos decir que
el maestro Hernández dirigirá la orquesta desde hoy armado de muleta y estoque,
y que a los lados del proscenio se
situaran las cuadrillas de Manene y Punteret.
Esto,
por supuesto, si la autoridad no toma más radicales precauciones”.
El Imparcial 29/10/1884
“Se había anunciado el estreno de Una fiesta torera, y las localidades se
llenaron de bote en bote. A las nueve y media de la noche no había en el
despacho una sola localidad disponible ni una entrada.
Hay
en Una fiesta torera un joven matador que aspira a la mano de una vieja
prehistórica, viuda de siete maridos, matadora
por derecho propio.
La
cuadrilla se indigna ante el mal gusto de su jefe, y hace a la siete veces
viuda una guerra sin cuartel. Y el matador, tenza
que tenza, a todo trance empeñado en casarse con la pícara vieja.
Pero
ni los disgustos de la cuadrilla, ni la fealdad de la novia, ni todas las
peripecias taurinas en que la obra abunda impiden que la señora García se cante
un tango, bailado por la señorita Yébenes entre los aplausos de los toreros y
el público.
Un
acontecimiento inesperado vino a turbar por algunos momentos la juerga que se
desarrollaba en el palco escénico y la satisfacción con que el público veía el espectáculo.
El novillo lactante que para amenizar
la Fiesta, apareció en el escenario se desprendió de la cuerda que lo sujetaba
y salto la barrera, es decir, se arrojó sobre las butacas de orquesta, pero
mansa y tranquilamente, sin odios ni rencores para nadie, sólo con el propósito
de recobrar la perdida libertad.
Los
atacados por el tierno bicho pusieron el grito en el cielo: asustaronse las
señoras, y los más recelosos de entre los espectadores treparon a las plateas o
como si dijéramos, tomaron el olivo.
Por
espacio de algunos minutos fue confusión en la sala y en el escenario, hasta
que el ternero fue capturado y reducido a la obediencia. Los bramidos de su mama
le recordaban las dulzuras del hogar vacuno.
Era
natural que, cansado de locuras y devaneos teatrales, procurara acudir adonde le llamaba la voz de la sangre.
Se
restableció por fin el orden y se acabó la Fiesta
torera . Entonces quiso el publico saber quienes eran los autores y lo
dijeron: de la letra el Sr. Jackson, y de la música el Sr. Rubio.
Con
lo que se dio por satisfecho, no sin antes haber aplaudido y llamado a escena a
los Sres. Rubio y Jackson, y a los actores que as se distinguieron en el
desempeño de sus respectivos papeles.
Muy cuerdamente la Empresa ha resuelto
suprimir la lidia del becerro. Por si alguna vez ocurre que esa ú otra Empresa
tiene el mal gusto de convertir la escena en plaza de toros, bueno será que
ajuste algún lidiador acreditado, para estar a los quites y dirigir al brega, a
fin de que el publico no sufra el menor achuchón.
Por
lo demás, Una fiesta torera, es
dentro de las varáis piezas cómico-taurino-flamencas que ahora privan, una de
las mejores.”
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